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Teselas

Qué es la democracia

Gustavo Bueno ofrece una breve exposición general sobre qué es la democracia, entendida como sistema político y como ideología. Comienza distinguiendo dos aspectos al tratar de la democracia, el aspecto ideológico o nematológico, y el aspecto técnico o tecnológico. Compara la relación entre la Democracia y el Pueblo con la que se produce entre la Religión y Dios.


Gustavo Bueno, Qué es la democracia

Tesela nº 1 (Oviedo, 27 de noviembre de 2009)

Transcripción de la tesela de Gustavo Bueno, Qué es la democracia

Se trata de responder brevísimamente a la pregunta: ¿Qué es la democracia? Un término, democracia, que está en boca de todos y que se da por supuesto, que todo el mundo sabe lo que es.

Ahora bien, la democracia tiene dos aspectos, o se pueden analizar dos aspectos. Uno que llamamos aspecto ideológico o nematológico; y otro que llamamos aspecto técnico o tecnológico.

La democracia en sentido tecnológico todo el mundo sabe lo que es, salvo que sea un débil mental. Todo adulto sabe lo que es la democracia, desde el punto de vista tecnológico. Sabe lo que son las elecciones, las urnas, los partidos políticos, incluso conoce los candidatos, incluso recuerda la historia de estos candidatos, lo que son las mayorías, la Ley d'Hont, &c., todo lo que es la tecnología de la democracia

El aspecto ideológico o nematológico, en cambio, es un aspecto más abstracto, en donde, por ejemplo, se dice, “la democracia es un sistema político, fundado en la soberanía de la voluntad popular”.

Lo curioso es que si se le pregunta a la gente: “¿qué es la democracia?”, te responde por esto último, es decir, responde desde el punto de vista nematológico o ideológico. La gente dice “la democracia es el gobierno del pueblo, es decir, incluso etimológicamente: demos, es decir, manda el pueblo”, y se queda tan tranquila.

Incluso es curioso que alguien que conoce (o que pertenece al aparato de un partido político), perfectamente la democracia, desde el punto de vista tecnológico, suele responder también con estas fórmulas de carácter ideológico. Y esto es una cosa sorprendente, a mí me sorprende mucho, porque la definición ideológica o nematológica realmente no dice nada.

Para que se vea el alcance de lo que quiero decir: ocurre lo mismo con la religión. Cuando se quiere definir ¿qué es la religión?, alguien que sea practicante sabe perfectamente qué es la religión, pues las religiones monoteístas actuales es: ir a la iglesia, a la mezquita, hacer oraciones, arrodillarse, recibir las predicaciones del sacerdote, &c. Todo esto lo sabe perfectamente. Pero en cambio, si le preguntas a alguien cualquiera qué es la religión, responderá por un aspecto de carácter nematológico: “la religión es el conjunto de actos que establecen las relaciones de Dios y el hombre…”

Claro, esta idea que preside lo que es la religión, que es la idea nematológica, es mucho más oscura que la otra, porque supone qué sea Dios, nada menos. ¿Cómo puede que sean posibles las relaciones del hombre con Dios?

Pero tan oscuro como el Dios de las religiones es el Pueblo de la democracia. Cuando se dice “soberanía del Pueblo”: ¿qué es el Pueblo? El Pueblo es tan oscuro como Dios para la religión.

Y entonces, esto obliga a profundizar críticamente, no ya en las cuestiones tecnológicas (que son las que se discuten: se discute si las listas deben ser cerradas y bloqueadas o abiertas, es decir, cuestiones tecnológicas), sino que lo que se discute es la propia definición general de Democracia que se da.

Porque el Pueblo, naturalmente, sobre todo en democracias de sociedades industriales avanzadas (donde no cabe denotar por el Pueblo una asamblea de un concejo pequeño abierto, donde el pueblo son todos los que están allí), cuando una democracia avanzada consta de millones de ciudadanos, entonces el Pueblo tiene que expresarse a través de los diputados, de sus representantes en las Cortes, y lo difícil es saber qué conexión hay entre ese pueblo y esos canales, que son los partidos, que en cuanto partidos, sobre todo si están equiparados, precisamente dividen al pueblo en dos, o en tres, y entonces ya no es el pueblo el que se expresa, sino los partidos políticos a través del pueblo.

Hasta el punto de que, primero, los programas que se debaten o que se someten a votación, generalmente, las gentes, el pueblo en general, no los conoce en profundidad, y no puede conocerlos más que a nivel muy abstracto, general, pero en detalle no puede conocerlos. Y no puede, no por falta de tiempo, sino por falta de capacidad. Para entender un programa político de tipo económico, o de tipo, incluso, internacional, pues entonces realmente la gente no está en condiciones de saber juzgar. Lo que hace no es solamente confiar o traspasar su opinión al dirigente político, al que va a ser parlamentario, sino que lo que hace es confiar en él, a través del Presidente. Es decir, no es que él pase su opinión a lo que el candidato a parlamentario va a representar, sino que confía en el parlamentario, y a su vez en el Presidente del Gobierno o del Partido o lo que fuera.

Por tanto, cuando se considera a la Asamblea de parlamentarios como la representación del Pueblo, pues se está haciendo algo tan misterioso como cuando se confía a los sacerdotes para tenerlos como representantes de Dios.

Digo que los ciudadanos, cuando votan, votan no ya para entregar su opinión, que no la tienen fundada, a su representante, sino porque confían en su representante, confían en que su representante va a expresar lo que ellos quieren.

Y confían en ellos por diversas razones, entre otras cosas porque pertenece al partido político en el que ellos militan o simpatizan.

Y entonces se produce el siguiente mecanismo: la transformación del supuesto Pueblo en la Asamblea de representantes. Que, a su vez, está constituida por candidatos, la mayor parte de los cuales tampoco entienden a fondo los programas, que se van a discutir en cada caso, que pueden ser cosas importantes, sino que simplemente votan por razones partidistas, es decir de su partido.

Con lo cual resulta que el supuesto de que la Asamblea es la representante del Pueblo, es una representación, con tal cantidad de transformaciones, en donde ya no cabe absolutamente decir que sea el Pueblo el que está gobernando, sino que es un conjunto de representantes, divididos en partidos, el que está haciendo las leyes. Y a su vez, estas leyes, ni siquiera son expresión de la Asamblea, puesto que muchas veces, o casi siempre, las mayorías parlamentarias se obtienen, no por una mayoría absoluta, sino por coaliciones hechas entre partidos que están sobreañadidas a las representaciones ordinarias.

Es decir, y recogiendo lo que hemos dicho antes, la transformación del Pueblo en Asamblea, y de la Asamblea en Leyes es un proceso tan misterioso como pueda serlo la transformación del supuesto mensaje de Dios a los sacerdotes, a través de la tradición y después hasta llegar a los ciudadanos.

[Transcrito por José María Rodríguez Vega.]

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