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José de Salvador, Compendio de la vida y milagros de Santo Domingo de la Calzada (1787) Vida Milagros Novena

 

Refiérense algunos de los milagros que hizo el Santo después de su muerte

Siendo los Milagros un testimonio irrefragable del poder de Dios, de la verdad de nuestra Fe, y del mérito de los buenos, no era justo cerrar este Compendio sin poner en él algunos de los innumerables que hizo el Grande Domingo después de su felicísimo tránsito. El que deseare noticia extensa de ellos, puede leer la Historia del Santo, intitulada Abrahán de la Rioja, escrita por el Doctor Don José González Tejada, de la cual he sacado los siguientes.

Milagro I

Pocos días después de la muerte del Santo sucedió, que un Buey suelto del yugo con que había estado arando, se esparció por los campos de la Calzada; y buscando el descanso se echó en tierra, disponiendo su desgracia fuese sobre el Sepulcro de Domingo, que como queda advertido, estuvo en su principio fuera del Templo. Pasado un breve espacio de tiempo quiso levantarse, y lejos de lograrlo se reventó, valiéndose Dios de su muerte, para dar a entender la veneración que se debía al Sepulcro de su Siervo. Diéronse por entendidos cuantos supieron el suceso, y en adelante miraron aquel lugar como objeto digno del mayor respeto, cercándolo de ramos para evitar su profanación.

En memoria de este prodigio quedó la costumbre, que hoy se conserva en la Calzada, de llevar los Labradores la antevíspera del Santo carros de ramos verdes tirados precisamente de bueyes, con los cuales pasean la Ciudad, y andan por delante de la Santa Iglesia, pero no entran en ella, como lo harían en tiempo del Señor Tejada. A esta función se agregan músicas, y danzas, con otras festivas demostraciones, que acreditan la sincera devoción de todo el Pueblo, y de los Comarcanos. Por último, se ofrecen los ramos al Santo, con los que adornan las rejas de su Sepulcro, y los Vecinos las ventanas, y balcones de sus casas, experimentando tal vez repetidas maravillas.

Milagro II

Hallándose poseído del Demonio un Caballero Francés, determinó visitar el Cuerpo de Santiago, en cuya protección libraba su remedio. Al pasar por la Calzada oyeron sus Criados las maravillas, que obraba Dios por medio del glorioso Domingo, de las cuales se movieron a llevar al Amo a su Sepulcro. Resistíalo el enemigo temeroso del suceso; pero aunque con trabajo lograron que el Caballero llegase a tocarlo, y al punto quedó libre, huyendo avergonzado, y vencido su contrario. Después de haber empleado algunos días en dar a Dios, y al Santo las gracias, prosiguió su Romería a Compostela, donde visitó al Santo Apóstol; y volviendo a la Calzada, entró de rodillas desde el puente hasta el Sepulcro del nuestro, en reconocimiento del incomparable beneficio, que por su intercesión había recibido. En memoria de este Milagro, se hace una solemne Procesión al Altar del Santo la víspera de su Fiesta, y en su presencia se canta una Colecta, que contiene todo el suceso.

Milagro III

Por los años de mil trescientos sesenta y siete, vino el Rey Don Pedro, a quien dieron los siglos el renombre de Cruel, a instancia de sus méritos, contra la Ciudad de la Calzada con ánimo de destruirla, porque había jurado por su Rey a Don Enrique, hermano, y enemigo suyo. Atribulados los Vecinos de Santo Domingo al verse próximos a dar en manos de un hombre, en quien no descubrían visos de piedad; acudieron llenos de confianza a su común Protector. Para mas obligarle, se juntaron en su Iglesia Eclesiásticos, y Seculares, con su Ilustrísimo Obispo Don Roberto. Expusieron al Santo la necesidad, y apuro en que se hallaban, ofreciéndole sus votos, y a poco tiempo se oyó dentro de su Sepulcro un ruido nada ordinario. La novedad los llenó de temor, y registrando con atención lo que podía ser, vieron, que por una ventanilla que en el Mausoleo cae a los pies del Sepulcro, salían dos manos más blancas que la nieve, cuya visión los dejó llenos de consuelo, persuadiéndose, que con esta expresión los aseguraba Domingo de su amparo.

Con efecto, apenas el Santo sacó, y elevó las manos, cuando el Rey Don Pedro, y todos sus Soldados quedaron ciegos. El Cruel reconoció, que el Santo castigaba su arrojo; y pidiéndole perdón le ofreció no ofender a su Ciudad, y cercarla de Muros, como después lo ejecutó, con los que hoy tiene. Luego despachó un Cabo a dar este aviso a sus Vecinos, suplicándoles rogasen a su Patrón les restituyese la vista. Así lo hicieron, y el Santo les concedió la gracia, que pedían; por lo que el Rey, y su Ejército pasaron a Azofra, respetando a la Calzada por incontrastable a humanas diligencias, y venerando en Domingo un Querubín armado en defensa de este nuevo Paraíso.

Milagro IV

Antonio Cramor natural de Lombardía, vivió algunos años en España; y volviendo con su mujer, y familia a su País, dispuso el viaje por la Calzada. Media legua le faltaba para llegar a la Ciudad, cuando en brazos de su Consorte vio expirar un niño, hijo de ambos. Amábanle como a pedazo de sus entrañas, y a medida de este amor era el dolor de verle muerto. El Padre, que como Soldado, que había sido del Rey Don Pedro, tenía experiencia del valimiento de Santo Domingo con el Señor, le invocó en su favor, esperando el remedio por su mano.

No fue vana su confianza; pues apenas acabó de llamarle vio a su hijo vuelto a la vida, poniéndose al mismo tiempo una estrella sobre su Sepulcro, que lo señalaba por autor del Milagro. A la novedad acudieron los Prebendados, y muchos de los Vecinos, a quienes sacaron de la duda con nueva admiración los Padres del niño, que a la sazón llegaban a la Ciudad, publicando a voces el prodigio. En hacimiento de gracias, obsequiaron al Santo con una solemne Procesión.

Milagro V

Aunque en todas las necesidades se descubre nuestro Santo prodigioso, singularmente ostenta su poder para con Dios en el socorro de los Cautivos, librándolos de las prisiones, y conduciéndolos a salvo por medio de sus enemigos. No caben en un Compendio los ejemplos que acreditan esta verdad, de la cual da testimonio el siguiente.

Habiendo prendido los Moros a un Mancebo natural de la Rioja, lo pusieron en una obscura mazmorra, haciéndole experimentar por muchos días el golpe de su impiedad. En medio de sus trabajos se acordó de nuestro Santo, y le pidió encarecidamente el remedio, que compasivo había dispensado en repetidas ocasiones a sus devotos. Hacía su deprecación en voces, que oían los que le guardaban. Uno de estos servía a la mesa de su Amo el Moro, en ocasión que había convidado a otros amigos. Hablaron del Cautivo al tiempo, que había un Gallo asado en el plato; y dijo el Guarda, mucho me temo, Señor, que el Cautivo se ha de ir de la prisión por la intercesión de Santo Domingo de la Calzada, de quien cuentan muchos prodigios, y a quien él se encomienda muy confiado. A estas palabras respondió el Amo en tono de risa: Si tu le tienes preso de la suerte que yo poco ha lo dejé, así se podrá él soltar de las prisiones, como este Gallo asado puede levantarse, y volar.

Apenas acabó la expresión, cuando el Gallo se vistió de plumas blancas, se levantó, y empezó a cantar en la mesa. Quedaron todos atónitos, y dieron por cierta la libertad del Cautivo, como lo acreditó el hecho; pues bajando al calabozo lo hallaron lleno de resplandores, que Domingo había dejado al tiempo de sacar a su devoto. Reconociendo éste el beneficio visitó el Sepulcro del Santo, y le dio las gracias como a verdadero Redentor. Por blasón de su misericordia colgó en sus rejas las cadenas con que había estado amarrado, ligándose con las de su devoción, como esclavo voluntario de su piedad.

Algunos han querido confundir este Milagro con el famoso del Gallo, y la Gallina, cuyas circunstancias son muy semejantes; pero en la realidad son distintos, y como tales los refieren los principales Historiadores de nuestro Santo, aunque varían algo en el modo. (El Señor Tejada, y Fr. Luis de Vega, aquí.)

Milagro famoso del gallo, y la gallina

El más célebre de cuantos milagros obró Dios por medio de Santo Domingo, fue el del Gallo, y la Gallina, de quienes se valió el Señor como de instrumento para acreditar la inocencia, vindicar la calumnia, y dar a entender el poco valimiento que tiene la iniquidad contra la virtud. El suceso ha volado en alas de ambas aves a las cuatro partes del Mundo; mas esto, que puede ser bastante para quitar la admiración a los que miran con tibieza las obras de la Omnipotencia, no lo es para que pierda un adarme de estimación la maravilla. El canto con que los dos animales la publican, por antiguo que sea, siempre sonará como nuevo en los oídos del devoto, logrando por efecto el tributo de innumerables alabanzas a la Majestad Suprema. Con este piadoso anhelo paso a referirlo según lo escriben los Historiadores de de la Vida del Santo; y es como se sigue.

En la Villa de Santos del Reino de Francia, Arzobispado de Colonia, vivían por los años de mil y cuatrocientos marido, y mujer con un hijo, mancebo de bellísima disposición, y aspecto. A impulsos de la devoción determinaron ir en Romería a visitar el Cuerpo del Apóstol Santiago, con cuya ocasión llegaron los tres Peregrinos a la Ciudad de la Calzada, a la que, sobre ser camino para Compostela, convidaba a todos el Sepulcro de nuestro Santo con repetidas maravillas. Ante todas cosas lo visitaron devotos, y luego se hospedaron en un Mesón, cuyos Dueños tenían una hija de más hermosura, que honestidad. Apenas ella vio la bizarra presencia del Mancebo, cayó en el lazo de un impuro afecto, con tal vehemencia, que rompiendo la pasión el velo del recato con que Dios quiso defender la flaqueza de su sexo, declaró al mozo sus depravados designios, rogándole con encarecidas lágrimas se dignase usar de su persona.

¡Qué tiro este para una alma, que no tuviera de su parte el brazo del Omnipotente! Con efecto, el virtuoso Mancebo acreditó, que toda la Majestad Divina estaba empeñada en defensa de su pureza; y valiéndose de su auxilio despreció, como otro José, el convite de la Gitana, éste el de la desvergonzada Mesonera. Viendo la infeliz frustrados sus lascivos intentos, trocó el amor en odio (regular, y temible efecto de semejante pasión,) con que determinó vengarse del que juzgaba agravio en el recatado Peregrino. Para llevar al fin su pensamiento, halló una vil traza su enojo, que fue poner en el zurrón del inocente la taza de plata con que bebían los huéspedes.

De la misma invención usó José con sus hermanos, pero con muy contrarios pensamientos. Aquel buscaba para estos la felicidad, y la infame moza trazaba al honesto Joven la muerte. Puso en fin por obra su cruel designio, y prosiguiendo los Peregrinos su Romería, empezó la traidora a dar voces, publicando, que le habían robado la taza, y que no podía ser otro el ladrón, que el Mancebo Peregrino. Persuadidos los Padres a que decía verdad, acudieron a pedir justicia al Corregidor. Este mandó a los Alguaciles, que con toda diligencia fuesen en busca de los huéspedes. Hiciéronlo así; y a poca distancia los alcanzaron, y registrándolos encontraron la taza en el zurrón del Mozo, de cuya noticia estaba él bien ajeno.

Volvieron a los tres presos a la Ciudad; y como la taza era el testigo del delito, y ninguno el valimiento del inocente, fue condenado a pena capital, que al punto se ejecutó en una horca, sin dar lugar a la apelación. Así permite Dios sean atribulados los Justos, para hacerlos más dignos de su amor. Viendo los Padres, que ya el caso no tenía humano remedio, moderaron con la reflexión su amargura; y animándose mutuamente, prosiguieron el camino para Santiago, dejando su corazón pendiente en el suplicio con el hijo de sus entrañas, que para común escarmiento dispuso la Justicia no lo bajasen de la horca: costumbre, que aun se practicaba en muchas partes de España.

Entre tantas tribulaciones llegaron los devotos Peregrinos a Compostela, visitaron el Cuerpo del Santo Apóstol; y de vuelta a su Patria, estando ya en el término de la Calzada, y lugar de la horca, determinó la amante Madre arrimarse a ver su hijo, que aun estaba pendiente de aquel afrentoso palo. Penetrada de dolor, y anegada en lagrimas llegó a él, y al mismo tiempo oyó de su boca estas palabras. Madre mía, ¿para qué me lloráis muerto, supuesto que dichoso vivo! El Bienaventurado Santo Domingo de la Calzada me ha conservado la vida contra el riguroso cordel, y hambre poderosa de tantos días sin alimento. Él me ha sostenido, y conservado como ahora me veis. Id a la Justicia, dad cuenta de este prodigio, y pedid me bajen de este palo, pues mi inocencia no mereció este castigo. (Tam. Salazar en el Martyrol. Espan. Día 12 de Mayo.)

Ya había llegado el Padre al pie de la horca, y al ver ambos el prodigio, quedaron como pasmados. Aquí se les mudó el objeto de sus lágrimas; y las que antes eran de dolor, desde ese instante lo fueron de regocijo. Bien fue menester, que Dios dilatara sus corazones, para que no desfallecieran al golpe de tanto gozo. Agitados de él fueron corriendo a dar cuenta del Milagro al Corregidor de la Ciudad, que vivía en la calle de Barrio-Viejo, frente de donde está hoy el Convento de las Religiosas de San Bernardo. Hallaron, que el Corregidor estaba comiendo con su familia; y llevados de su impaciente alborozo, subieron hasta la pieza donde estaba sentado a la mesa. Tenía ya el cuchillo en la mano para trinchar un Gallo, y una Gallina, que había asados en el plato. Refirieron los Peregrinos el prodigio; y riéndose el Corregidor de la que juzgaba simplicidad, dijo a la Madre estas palabras: Así vive tu hijo, a quien yo mandé ahorcar, como este Gallo, y Gallina, que pelados, y lardeados están para ser sepultados en nuestros estómagos. ¡Rara maravilla! Al punto de querer aplicar el cuchillo resucitaron las dos Aves, se vistieron de plumas blancas, y puestas en pie sobre el plato en que yacían, empezó a cantar el Gallo.

Admirado el Corregidor con todos los circundantes, dejó la comida, salió de casa; y acompañado de la Clerecía, y Vecinos, que a la noticia se habían juntado, fue al sitio de la horca, en que estaba el Peregrino joven. Hallóle vivo, y preguntándole como tenía vida después de tantos días de ahorcado, respondió con las palabras que a su Madre; atribuyendo al Santo el prodigio. Bajáronle del suplicio con la mayor ternura; y con Procesión solemne lo llevaron al Sepulcro del Santo, donde todos dieron a Dios las gracias por tanto beneficio. Luego lo entregaron a sus Padres, que lo recibieron con la alegría que se deja entender de su expresivo paternal amor; y todos tres tomaron el camino para Santos su Patria, donde muchos años después murió el Mancebo Peregrino, en cuyo sepulcro se pufo un Epitafio, que contiene todo el suceso. (Erce, citado aquí por Tejada.)

Los muy Ilustres Cabildo, y Ciudad de la Calzada, fueron en Procesión a casa del Corregidor por el Gallo, y Gallina resucitados, y llevándolos a la Catedral los pusieron en un curioso nicho enfrente del Sepulcro del Santo, que hoy se ve sobre la puerta, que antes era de la Torre mayor. No podían durar naturalmente estas aves el tiempo que quisiera la devoción de los Fieles, y para ocurrir a esta, se tomó la providencia de mudarlas a sus tiempos, cuidando de que cuantas se ponen sean de plumas blancas. De estas llevan los Peregrinos a las Provincias más remotas, experimentando por su medio la virtud, y favor del Santo en sus apuros. Sobre la puerta de la casa que sucedió el Milagro, se puso una inscripción, que lo significaba, de la cual no ha quedado vestigio alguno. De la horca lo hay en la Catedral, en lo alto de una columna de la nave de la Epístola; y es un palo de ella con un escrito, que a cuantos lo miran trae a la memoria este asombroso prodigio. Desde que sucedió se añadieron a las Armas antiguas de la Santa Iglesia, y Ciudad el Gallo, y la Gallina: Milagroso blasón, que al paso que acredita el honor, asegura la felicidad de ambas Ilustrísimas Comunidades.

Este es el prodigio, que justísimamente ha sonado en todo el Mundo; porque en él se juntan todas las circunstancias, que hacen asombrosa una maravilla. En él se nos ofrece un rasgo de la Divina Omnipotencia, que alabar: un ejemplo perfectísimo de pureza, que seguir, y un exceso de la sensualidad humana; que temer. Toda esto se debe a la poderosa intercesión de Santo Domingo, que a costa de portentosos Milagros cela el bien de sus devotos. Sobre los referidos, lo acreditan los que cada día repite a nuestra vista en favor de los que piadosamente lo invocan.

Prodigio llamo yo a la puntualidad con que el grande Domingo oye las súplicas de sus Ciudadanos, siendo lo mismo sacarle de su casa, que regar los campos con abundantes lluvias. Prodigio llamo yo a aquel invisible soberano impulso con que arrastra a su presencia los Pueblos comarcanos, aprisionándolos con la cadena de innumerables beneficios. Prodigio llamo yo a una natural inclinación con que nacen los niños de su Solar, que apenas saben articular una palabra, cuando exclaman con su balbuciente lengua: Santo de mis entrañas. Prodigio llamo yo al espíritu humilde, sencillo, inocente, y todo de Dios, con que a pesar de la escrupulosa crítica del siglo se ven concursos de innumerables gentes, tributándole los más rendidos homenajes.

No pude ver sin lágrimas un testimonio de esta verdad en la muy devota Procesión, que se hace la víspera de Fiesta, llamada del pan, con alusión al que el Santo llevaba para los Pobres de su Hospital. Allí se ven millares de personas de todas clases, que en sus apuros se ofrecieron a llevar (como dicen) el pan del Santo, experimentando en este voto repetidos prodigios. Allí se ven personas delicadas pisando el barro con los pies desnudos, y dando vuelta a toda la Ciudad en obsequio de su benéfico Patrón. Allí se ven las Madres con los niños en sus brazos, ambos con un pedacito de pan en la mano, infundiendo devoción, y ternura a los corazones más distraídos. Allí se experimenta un orden perfecto, y un silencio profundo, sin otra dirección, que la de doce Doncellas ricamente vestidas, que con el pan en la cabeza van delante de la devota comitiva. Allí se admira una extraordinaria compostura aun en los irracionales, que llevan la comida, que se ha de servir a los pobres en aquella fiesta. Allí en fin se ostenta un conjunto de objetos de devoción, que acreditan la fe, avivan la esperanza, y predican al mundo caridad. Por efecto de esta amorosa demostración se aumenta el número de los devotos, se renueva el fervor de los antiguos, y se repiten los prodigios del Santo, logrando su Ciudad timbres más gloriosos, que los que dio Rómulo a la grande Roma, Dido a Cartago, y a la famosa Corte del Oriente el célebre Constantino.

(José de Salvador, Compendio de la vida y milagros de Santo Domingo de la Calzada, 1787, páginas 122-156.)

 
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