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Luis de la Vega, Historia de la vida y milagros de Santo Domingo de la Calzada (1606)

 

Segunda parte de la historia de santo Domingo de la Calzada

Capítulo VIII

En que se cuenta el Milagro del gallo y la gallina, que llaman de santo Domingo

He querido hacer de este milagro particular capítulo. Lo uno, porque habiendo de decir los diferentes pareceres que hay acerca de él, forzosamente habré de detenerme: y lo otro, merece también este caso lugar propio y señalado, por ser tan célebre en todo el mundo. Todo él está lleno de las plumas de este gallo y gallina, porque los peregrinos que de todas partes pasan por la Ciudad de santo Domingo, no se tienen por contentos de su peregrinación, [106v] ni les parece que la han hecho bien, si no llevan a sus tierras algunas de estas plumas. Por cumplir en esto su devoción se les da a todos los que las piden, un Capellán que aquella santa iglesia tiene diputado para la Capilla del santo, el cual tiene también a su cuenta las aves que se conservan hasta el día de hoy, de la casta de aquel gallo, y gallina, en que sucedió el milagro.

Este Capellán tiene muchas plumas guardadas, de mucha cantidad de aves que tiene de estas, y de ellas da a los peregrinos, sin que sea menester fingir el ordinario milagro que dice Marineo Sículo {Marineo Sículo lib. 5}, de que todos los peregrinos, quitan de las plumas que tienen el gallo y la gallina, que están delante del sepulcro del santo, y que con todo esto están siempre tan vestidos como si no les quitaran pluma alguna. Bien pudiera Dios hacerlo esto si quisiera, o fuera menester para bien de su Iglesia, pues vemos que cada día hace otras cosas más milagrosas, y son muchas las que ha hecho por los meritos de este bendito santo, pero (como digo) [107r] aquí no hay este milagro en lo de las plumas, sino que se dan de la suerte que hemos dicho, como yo lo he visto muchas veces.

En el modo de contar como sucedió el milagro del gallo, y la gallina, no van por un camino los autores, aunque a mi parecer, ya que el camino no sea uno, a lo menos los que siguen no los tengo por encontrados, sino que todos dicen verdad, a lo menos en la sustancia del caso. El manuscrito de la santa iglesia de la Calzada, y el Padre Fray Pedro de la Vega en su Flos sanctorum, con otros que lo siguen, dicen:

Que habiendo preso los Moros (de que entonces estaba tan llena nuestra España) un mancebo desta tierra de Rioja, pusieronle con muchas prisiones en una cárcel terrible y muy oscura, a donde fuera del trabajo que padecía con la descomodidad del lugar, era por otra parte muy grande el que le daban las guardas de la cárcel, con mucho del mal tratamiento, malas palabras, y peores obras; al fin cuales se podían esperar de gente sin Dios. No es pequeña [107v] la ganancia, que consigo traen los trabajos y aflicciones de esta vida, y cuando no trajeran otro provecho más de ser el camino más cierto con que nos vamos a Dios, se habían de estimar en mucho, y desearlos como a bien del Cielo. Cuantos hay que están bien olvidados del, mientras las cosas del mundo se les ríen y muestran buena cara con los prósperos sucesos, que en todas ellas les ofrece, los cuales, cuando después da vuelta la fortuna y el mundo les muestra al descubierto lo que es, dándoles de lo que él tiene, y puede, que son trabajos, y miserias, luego se vuelven a Dios, y fijan en él sus esperanzas: porque el desengaño les dijo, que allí sólo están seguras: allí las tenía ahora puestas este dichoso cautivo, por que su gran trabajo, y aflicción, le llevaban a este puerto tan seguro, que es el descanso y alivio de todos los afligidos. Estábalo él, por extremo, y así todo su negocio era suplicar a la Majestad divina lo mirase con ojos de misericordia, y lo librase de vida tan aperreada, poniendo para esto [108r] por intercesor al glorioso santo Domingo de la Calzada, Patrón y abogado de su tierra.

Pasando en esto algunos días, sucedió, que el Moro que tenía aquel cautivo tuvo unos convidados, para cuyo regalo, entre otras cosas, tenía también un gallo (quizás era de los que llaman castos, y se pueden bien comer). Estaba ya con sus huéspedes sentado a la mesa, y el gallo en ella asado, y puesto en un plato, una de las guardas que se halló presente, debía de entretener la mesa, y entre otras cosas dijo al Moro: Mucho temo señor, que según la continua oración que tiene nuestro preso, y la prisa que se da en llamar a santo Domingo de la Calzada en su favor, que ha de venir y sacarlo de las prisiones en que le tenemos. De eso puedes estar bien descuidado, replicó el amo, que si tu le tienes preso de la suerte que yo le dejé, así se podrá él salir de las prisiones, como este gallo asado se puede levantar y cantar.

No lo acabó bien de decir, cuando el gallo que tenía delante se levantó vivo, vestido de [108v] plumas blancas, y allí delante de todos comenzó luego a cantar. Fue grande el asombro que todos del caso recibieron, y bajando luego al calabozo a donde tenían el preso, halláronlo vacío y sin preso, aunque muy lleno de luz y resplandor del Cielo, que allí había dejado el glorioso Domingo cuando vino a soltar el preso.

Divulgose luego el milagro por todo el mundo, y llegando también a la Ciudad de santo Domingo, a donde acudió el cautivo a reconocer el beneficio recibido, fue gran el contento que recibieron de ver que así honrase Dios su santo: y procurando haber aquel gallo lo trajeron a su Ciudad, a donde lo pusieron con una gallina: y destos dicen que son los que se conservan hasta el día de hoy.

Este milagro tengo por cierto de la suerte que se ha contado: pero no tengo por tal, el decir, que el gallo y la gallina, cuya memoria se conserva hoy en la santa iglesia de la Calzada, sea de la casta de aquel que resucitó en casa del Moro, sino de otro gallo y gallina que resucitaron también en [109r] la propia Ciudad de santo Domingo, en otro milagro que allí hizo el santo, desta suerte.

Dos casados (de buena vida) marido y mujer Franceses de nación, iban en romería a visitar el sepulcro del Apóstol Santiago, llevaban consigo un hijo suyo, mozo de diez y ocho, o diez y nueve años, de muy buen talle, y bien dispuesto. Llegaron a santo Domingo de la Calzada, a donde querían también visitar el sepulcro del santo: detuviéronse allí una noche, y fueronse a posar a un mesón, en al había una doncella hija del mesonero, la cual se aficionó al mozo peregrino tan perdidamente, que descubriéndole su ruin pecho, procuró con él por todos los medios que pudo, que se aprovechase de ella: aprovecharon le poco, porque nunca con el santo mozo pudo alcanzar cosa que fuese ofensa de Dios. Emperróse tanto con esto la triste moza contra aquel mancebo, que trocando todo el amor en odio y aborrecimiento, comenzó a pensar como podría vengarse de él. Enseñóle el demonio una traza tal como suya, y fue: [109v]

Que a la mañana, cuando se partieron los peregrinos, echó secretamente en la capilla del inocente mozo una taza de plata de su padre: partiéronse con esto los peregrinos, y la moza haciendo perdidiza, o hurtada la taza, comenzó a dar voces, diciendo: que aquel mozo que había posado allí la debía de llevar hurtada. Fuéronse a la justicia dándole cuenta del caso, y con ella fueron tras de los peregrinos, y alcanzándolos a poco trecho, hallaron la taza en la capilla del mozo, donde la había puesto aquella perdida mujer.

Prendiéronlos a todos, y volviéndolos a la Ciudad, como tuvieron en ella pocos valedores, presto determinaron el caso, y condenaron al pobre mozo a muerte de horca. No se le admitió apelación, ni se tardó mucho en ejecutar la sentencia, si no que luego lo ahorcaron, quedando sus pobre padres, con la tristeza y desconsuelo que pensar se puede.

Con todo esto prosiguieron su camino, y hicieron su romería a visitar el Apóstol, y a la vuelta pasando por la misma Ciudad de [110r] santo Domingo, la madre (que como su amor era más tierno, y traía siempre su hijo atravesado en el corazón) quiso llegar a ver si estaba siempre en la horca, y llegando a ella, vio a su hijo colgado, el cual le habló con alegre voz, diciendo: Madre mía no me llores como muerto, que vivo estoy, por la misericordia de Dios: la Virgen sacratísima María, madre de Dios, y el bienaventurado santo Domingo de la Calzada, me han aquí conservado sin morir de la suerte que ahora veis: Id madre a la Justicia, y decidle me vengan a quitar de aquí, pues no merecí me ahorcasen, ni cometí delito alguno.

Oyendo esto la buena mujer, convirtiendo las lágrimas de tristeza, en lágrimas de placer y de contento, con apresurado paso se fue al Corregidor de la Ciudad, a decirle lo que pasaba. Estaba el Corregidor, cuando llegó la mujer, sentado a la mesa, y en ella tenía puestos para comer un gallo y una gallina, no se si asados, o cocidos. Oyó con atención lo que la mujer decía, y pensando [110v] que era antojo, o alguna ilusión nacida de la pasión y amor de madre, le dijo, para despedirla: Que mirase que aquello era engaño, y que así podía vivir su hijo, como aquel gallo y gallina, que allí tenían asados, a punto para comer.

En diciendo esto, saltaron el gallo y gallina vivos, vestidos de pluma blanca, como los que hoy se muestran: y el gallo comenzó luego a cantar. Quedó el Corregidor fuera de sí de espanto, y sin pasar adelante en la comida, salió luego de su casa, y juntando toda la clerecía y vecinos de la Ciudad, fueron todos a donde estaba el mozo colgado, el cual hallaron vivo y sano, de la misma suerte que cuando allí lo habían llevado. Quitáronle de la horca, y con solemne procesión lo trajeron delante del sepulcro del santo, dando todos muchas gracias a Dios, que así favorece a los suyos, por medio de sus santos, y escogidos. Entregáronlo a sus padres, los cuales volvieron otra vez con él a visitar el Apóstol.

Los de la ciudad volvieron luego junto con los clérigos a casa del Corregidor, y [111r] tomando el gallo y la gallina del milagro los llevaron a la iglesia mayor, y allí los pusieron delante la Capilla del santo, en una jaula, o ventana, con unas verjas de hierro: como se ve el día de hoy. De la casta destas aves son las que se conservan siempre en aquella santa iglesia, y de las que llevan plumas los peregrinos: y así, aunque tengo por cierto, como queda dicho, que el santo hizo estos dos milagros de los gallos, el que ha hecho tan famoso el gallo y gallina de santo Domingo, y el que ha dado armas a su iglesia y ciudad, junto con las que arriba dijimos, en la primera parte, es este último que acabamos de contar.

Consérvanse hasta el día de hoy en aquella ciudad tantas de las particularidades que hubo en este milagro, que ellas mismas pregonan su verdad, y juntamente confirman lo que dejamos por llano, que deste gallo y gallina, proceden los que allí se muestran. Encima del tejado de la Iglesia mayor, está hoy en medio de dos columnas de piedra, a vista de todo el mundo, la propia horca en que [111v] ahorcaron aquel peregrino: en la calle que llaman, Barrio Viejo. Tiene este Monasterio de nuestra Señora de la Estrella (del cual soy hijo, aunque indigno, y donde escribo esta historia) unas casas donde se aposentan los Religiosos de la orden que van aquella ciudad, en las cuales es común y recibida tradición, que sucedió el milagro del gallo y la gallina, y en memoria de ello están pintados encima de la puerta en una letra que dice: En esta casa sucedió el milagro del gallo y la gallina.

A religiosos muy antiguos desta casa oí yo decir, que por esta particularidad tan notable compró este Monasterio aquella casa en aquella ciudad: costóle dos mil maravedís, como consta por una carta de venta, que hallé en el archivo deste Monasterio, escrita en pergamino, fecha el año de mil y cuatrocientos y treinta y nueve.

(Luis de la Vega, Historia de la vida y milagros de Santo Domingo de la Calzada, Burgos 1606, páginas 106r-111v.)

 
Santo Domingo de la Calzada