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Luis de la Vega, Historia de la vida y milagros de Santo Domingo de la Calzada (1606)

 

Historia de la vida y milagros de santo Domingo de la Calzada

Capítulo XXIIII y último

Del fin dichoso, y muerte bienaventurada, del glorioso santo Domingo de la Calzada

Si hubiese aquí de llorar lo mucho que el mundo pierde, cuando de él se ausenta un santo, sería nunca acabar. Y si la Fe no enseñase, que aunque se parte de acá, nos favorece allá, donde goza de la presencia de su Dios, sin duda que el daño era lamentable, y la pérdida triste y lastimera: y quien sabe qué cosa es tener un santo por vecino, gran soledad le hace forzosamente su muerte (o por decirlo mejor, no hay soledad que a ésta se compare). Así se lee del bienaventurado san Ambrosio, que lloraba amarguísimamente, cuando le traían [85v] nuevas de la muerte de algún santo: lo uno, porque quisiera el ir al cielo con tan buena compañía, y lo otro (como el decía) porque no se hallaban santos en todas partes, y no podía suplirse como quiera la falta grande que nos hacían.

Así, que no quiero llorar aquí la mucha que hizo Domingo con su muerte, que harto se debió de llorar en aquel tiempo, y así, sólo quiero decir, lo poco que della dejaron escrito los antiguos, fue tan poco, que aún no se acordaron de decirnos, qué enfermedad fue la última que le dio. Lo que se piensa por cierto, es, que fue una fiebre aguda, la cual (como el santo estaba tan gastado con los años, ayunos, y asperezas) tuvo poco que gastar en él: y así lo acabó muy presto. No lo merecía el suelo, y envidiándonoslo el cielo quiso llevárselo para sí. Iba cada día después que enfermó, creciendo la fiebre, y los demás accidentes de la enfermedad, los cuales todos llevaba con una increíble paciencia, y dando por ellos gracias a Dios, estaba tan alegre y con tan buen semblante, como si tuviera salud. [86r]

Regocijábase su espíritu, en ver que se llegaba la hora para que se ordena la vida, y los trabajos della, y conociendo que se moría, casi no podía disimular el contento que le causaba: Que si la vida de los justos tan aperreada no tuviese el bien escondido en la muerte, no podría tolerarse, mas son tales las esperanzas que tiene consigo el morir, que por llegar a aquel punto, mueren en vida mil veces. El bienaventurado Domingo deseaba ya esta hora, como fin de todos sus trabajos, y dichoso término de su vida, cuando se vio cercano a ella, alegrábase, como el que se veía cerca de la gloria, que le estaba aguardando las puertas abiertas.

Quiso valerse en aquel trance de los socorros del cielo, que para el dejó en la tierra Jesucristo nuestro Señor, y así pidió los santos Sacramentos, que en aquel tiempo reciben los Cristianos, como instrumentos de la gracia, y arcaduces divinos por donde se nos derivan las riquezas del cielo, que el hijo de Dios nos mereció. Hecho esto, encomendando al Señor con afecto paternal [86v] a todos sus amigos y familiares, encomendándole también sus pobres, como a prendas muy queridas, y por quienes tantos trabajos había padecido.

Habíase también juntado mucha gente de la comarca, y de fuera, a la fama que el santo se moría, cuando le vieron tan al cabo, moríanse también ellos de dolor y sentimiento. Mas que mucho que lo sintiesen, que era su descanso en las tribulaciones, su remedio en las necesidades: su esfuerzo en las tibiezas, y su alivio en todas ocasiones: porque para todos tenía palabras, amor, consejo, compasión, y lágrimas: pues perdiendo todo esto, qué consuelo podían tener. Lloraban unos, gemían otros, todos suspiraban, y todos se compungían: pero el santo, que aún no había perdido la viveza de su espíritu, volviéndose a ellos con aquella alegría y mansedumbre con que solía hablarlos en salud, les consoló, diciendo: Hijos míos, a quien he tenido siempre en el alma, no os duela verme partir de entre vosotros, ni penséis porque me voy, que os tengo de olvidar jamás. Si vivimos [87r] con esperanzas de salir de aquí todos para el cielo, por qué os ha de pesar cuando llega el punto de morir. Esta vida se ha de perder forzosamente para asegurar aquella, y pues yo voy a gozarla, razón es que os alegréis. A Dios hijos míos, hijos quedaos con Dios.

Con estas, y otras palabras tales, dio el bienaventurado santo su vez a la naturaleza, y su alma bendita al que la crió. En echándola del cuerpo, hicieron los sagrados Ángeles su oficio, de llevarla honrada y acompañada al eterno descanso del cielo, que con tantos trabajos tenía merecido en el suelo. Todos los presentes se deshacían en llanto, sin embargo que entendían la razón que había para holgarse de la gloria de aquel santo. Arrojándose sin duda a los pies del difunto, y descubriéndolos, se los besaron mil veces. Besaban aquellas manos santas, besaban la ropa, que todo era para ellos santo, por haber tocado en aquel cuerpo, que tan santas reliquias tuvo en si guardadas. Enterráronlo los de su casa, y todos los que allí se juntaron, con la mayor pompa [87v] y solemnidad que pudieron, en el sepulcro que el santo, siete años antes que muriese, tenía para sí labrado.

Murió el bienaventurado Confesor a doce de Mayo, año de mil y ciento y nueve. Era de su natural disposición, hombre venerable, de lindo rostro y facciones, algo rojo y muy dispuesto. El bulto de su sepulcro, y otros muchos retratos deste santo, muestran haber tenido cerca de ocho pies de estatura, que a esta cuenta era grande hombre, y así había ello de ser, para que en todo fuese grande. Era muy discreto y avisado, y de condición muy afable.

El hábito que traía, era túnica blanca, manto y escapulario pardos, de buriel, casi, y aún sin casi, y era el mismo que usa ahora la sagrada Religión de mi glorioso san Jerónimo. Acaso vio este santo con lumbre de Profecía, la lúcida y vistosa compañía de ser ermitaños. Jerónimos había de hacer Dios en nuestra España, vestida con la librea que en el cielo le cortaron, que como a gente parecida a los cortesanos de allá, en los ejercicios santos de celebrar [88r] de día y de noche las alabanzas divinas, quiso Dios que la traza del vestido fuese traída de allá.

Esta le pareció tan bien a nuestro santo, que doscientos años antes que en España naciesen los Monjes de san Jerónimo, quiso él vestirse della, ya que no pudo alcanzar a verse entre ellos. Y siendo esto así, quizá es traza del cielo, que la vida milagrosa deste santo, que tantos años ha que está enterrada (porque son más de cuatrocientos y noventa) la saque ahora a luz en este tiempo, un hijo, aunque indigno, de Jerónimo, vestido a la usanza de Domingo, el cual (si en esto se hace algún servicio) espero me alcanzará favor del cielo, para que en la segunda parte deste libro demos al mundo noticia del aumento grande de su Iglesia, y de los célebres milagros con que Dios quiso ilustrarlo, y hacer su nombre famoso.

LAUS DEO.

(Luis de la Vega, Historia de la vida y milagros de Santo Domingo de la Calzada, Burgos 1606, páginas 85r-88r.)

 
Santo Domingo de la Calzada