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Luis de la Vega, Historia de la vida y milagros de Santo Domingo de la Calzada (1606)

 

Historia de la vida y milagros de santo Domingo de la Calzada

Capítulo XXIII

De los años que vivió el glorioso santo Domingo

Con haber sido la vida de santo Domingo una muerte continua, y un martirio prolongado, como ya otras veces tenemos dicho, tanto rigor, tanta penitencia, tanta abstinencia, tanto cilicio, tanto dormir en el suelo: y tanta aspereza en todo, con todo esto (como digo) le dio Dios más vida y largos años, que lo que de ordinario viven los criados en mucha blandura y regalos, los de las camas blandas y vestidos preciosos, y los [83r] que sirven al vientre con más cuidado que a Dios.

No hacen mención los que han escrito algo deste santo de los años que determinadamente vivió, pero de lo que dél dicen se colige muy claro, haber sido mucho: porque supuesto que todos, o los más convienen en que vivió en el desierto del Fagal, donde ahora está su cuerpo, y la ciudad de la Calzada, sesenta años, ahora sea contando los que gastó también en la fábrica de la puente, y hospital, ahora solos los que vivió después de acabadas estas obras, son a la cuenta noventa y más, los que tuvo el santo de vida: porque bien se puede pensar, que cuando anduvo pidiendo el hábito de san Benito, en san Millán y Valvanera, tendría por lo menos veinte años, otros cinco gastó después en la ermita que dijimos de la Bureba, y otros cinco, poco más, o menos anduvo en compañía de san Gregorio: estos son treinta, que juntos con los sesenta que después vivió, son noventa.

Como tenía Dios predestinado este grande santo para tan altos fines de su servicio, y provecho [83v] del mundo, quiso que viviese tantos años para mejor alcanzarlos, y como fue divina providencia suya, que algunos discípulos de los sagrados Apóstoles viviesen muchos años, para que publicasen la doctrina del Evangelio que entonces enseñaban, para remedio y bien del mundo, cuales fueron San Dionisio Areopagita, discípulo del Apóstol san Pablo: san Cuadrato, que sucedió en Atenas a Dionisio después de Publio, y san Hermes, discípulo del mismo Apóstol, como consta de la Epístola ad Romanos, y otros dos discípulos del Apóstol y Evangelista san Juan, san Ignacio, y Policarpo: sin otros muchos que vivieron cien años, y alguno más: como san Simeón Obispo de Jerusalén, que vivió ciento y veinte.

Así también el mismo Dios, para bien de su Iglesia, provecho de los hombres, y edificación del mundo, quiso que muchos hombres insignes en virtud, y santidad, viviesen largos años. Y como Domingo lo era tanto, por eso quiso que viviese tanto. Aquí se ve bien claro, (y viene [84r] bien en este lugar) cuan necios, tontos y desatinados, andan los herejes de nuestro tiempo, en blasfemar y culpar a los santos penitentes, como a hombres que fueron homicidas de sí mismos (que así los llaman ellos) porque se quitan el regalo y comida, duermen en camas duras, y eso que duermen muy poco: visten cilicios, y se maltratan con ayunos, disciplinas, y otras asperezas. Bien se ve cuan lejos están de ser homicidas, pues muchos, o los más; que han tenido vida áspera, rigurosa y penitente, llegaron a ser viejos, y muy viejos, como se puede ver en las Colaciones de san Juan Casiano, y en los dos tan insignes capitanes de los antiguos ermitaños, y vida solitaria, san Pablo primer ermitaño, que vivió ciento y trece años, y san Antonio Abad, Maestro de los padres del yermo, que vivió ciento y cinco.

Y por no cansar con esto a los lectores, y divertirme mucho de lo que voy diciendo, quien quisiere ver esta verdad bien probada, y sustanciada, lea a mi Padre glorioso [84v] san Jerónimo, claro y refulgente lucero de la Iglesia {Hier. lib. 2. adversus Jovinianum}, en el segundo libro contra Joviniano, a donde no contento el santo Doctor de mostrarla con ejemplos, y escrituras santas, la convence también con las reglas, y doctrina de los Príncipes de la Medicina, Hipócrates y Galeno.

Y san Clemente Alejandrino {Clemens Alexand. lib. 2. Pedago. cap. 1.}, libro segundo Pedagogi, capítulo primero; prueba también lo mismo con la autoridad de Antifane, médico doctísimo y célebre en su tiempo, porque los ayunos, y abstinencia, y el tratar el cuerpo con rigor, le da entera salud y larga vida: cuanto más, que a los santos penitentes, les ayuda siempre Dios con particulares socorros de su gracia: que es medicina eficacísima, no solamente del alma, sino también del cuerpo.

Digo pues, que con haberse tratado Domingo toda la vida, como a tan enemigo, con abstinencias, y azotes, y con otros mil rigores, con todo eso se la dio Dios tan larga, que vivió noventa años y más. Al cabo destos quiso Dios premiarle de sus trabajos, y como los de los [85r] justos todos se acaban donde comienzan los de los malos, que es la muerte, quiso que descansase en ella su Domingo, como veremos en el capítulo siguiente.

(Luis de la Vega, Historia de la vida y milagros de Santo Domingo de la Calzada, Burgos 1606, páginas 82v-85r.)

 
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