Gustavo Bueno

Gustavo Bueno

Los orígenes desde el Naranco

Pregón de las fiestas de Nuestra Señora la Virgen de Covadonga
que organiza el Centro Asturiano de Oviedo del 1 al 8 de septiembre de 1993,
pronunciado por Gustavo Bueno el día 1º de septiembre de 1993

Reina de las Fiestas, Damas de Honor, Señoras y Señores,

Me habéis encomendado, y os agradezco el honor, que a través de la ceremonia del pregón abra las fiestas de Nuestra Señora de Covadonga que organizan, durante la primera semana de septiembre, los miembros del Centro Asturiano de Oviedo. Un Centro social cuya expresión visible más importante son, sin lugar a duda, estos magníficos pabellones erigidos en el Monte Naranco. Magníficos pabellones edificados casi al lado de los Palacios (así, en plural, los citan las fuentes) que hace casi mil años erigió el rey Ramiro I, la «vara de la justicia», y el más famoso de los cuales lo vemos ahí mismo, enfrente.

Salta a la vista de cualquier viajero que sube hoy al Monte Naranco, y es un hecho, por sí mismo distinto de los hechos que lo componen, la vecindad, casi la contigüidad, de estas importantes edificaciones, el Palacio de Ramiro I y vuestros «palacios». Nada más inmediato a la percepción que esta contigüidad topográfica, espacial. Sin embargo, entre ellos, se levanta un arco histórico invisible a los ojos de la cara, pero no menos real, un arco histórico que, sin duda, los envuelve, los explica y permite desvelar el significado profundo del hecho trivial, y cotidiano, de la contigüidad. Me ha parecido que la reconstrucción, una vez más, ante vosotros, aunque sea a mi manera, de este «arco histórico» podría constituir materia adecuada para retener vuestra atención en el momento en el cual van a comenzar vuestras fiestas. Sobre todo, si tenemos en cuenta que –tal es la tesis que voy a defender– la «clave de bóveda» de este arco invisible, más aún, el verdadero origen del mismo, hay que ponerlo precisamente en Nuestra Señora de Covadonga, patrona de vuestras fiestas.

Si «allá abajo» se nos muestran estos días los orígenes de Asturias, en tanto que ellos se perciben manando a través de la Catedral –es decir, a través de un escenario religioso–, ¿por qué no podríamos también «aquí arriba», en el Monte Naranco, considerar vuestros orígenes, pero en tanto que ellos se nos manifiestan en un escenario laico, secular, cultural y político, aquel escenario en el cual se alzan, no ya tanto templos o catedrales, sino palacios de recreo, el belvedere de Ramiro I y vuestros belvederes del Centro Asturiano?

Ya se que es imposible separar, en los orígenes de este cuerpo histórico, los momentos religiosos y los momentos seculares, lo celeste y lo terrestre, lo eterno y lo temporal. Pero también creo saber que estos dos momentos no se componen entre sí como si fuesen piezas yuxtapuestas. Porque cada uno de estos momentos –el religioso y el secular– se extiende por la totalidad del cuerpo histórico y social. Y, por ello, este cuerpo puede contemplarse íntegramente, ya sea como un proceso religioso capaz de englobar a los momentos seculares, ya sea como un proceso secular, capaz de englobar a los momentos religiosos. Es el mismo cuerpo, la misma mole, la que se organiza o se orienta según dos perspectivas diferentes y, lo que es más sorprendente, contrapuestas y aun excluyentes, a la manera de esas figuras –permitidme la demostración experimental y prosaica– que, miradas desde la derecha parecen patos y miradas desde la izquierda parecen conejos, acaso porque en el fondo no son ni una cosa ni la otra.

El arco que queremos considerar, visto desde abajo, desde sus orígenes religiosos, se nos organizará de un modo muy distinto a como se nos organizará cuando lo miremos desde arriba, desde vuestro belvedere. Continuemos, ya que tenemos el privilegio de estar situados en él, mirando hacia abajo, o si queréis, hacia atrás (la única forma de mirar hacia el futuro), regresando hacia los orígenes terrestres, seculares, de los palacios del Naranco.

Ocurre que este regreso a los orígenes puede, sin dejar de ser un regreso secular, llevarse a cabo en la forma de un regreso indefinido, el cual nos conducirá atrás de los siglos IX, VIII, VII, hasta los siglos VII, VIII, IX o XC anteriores a nuestra era; pero lo que se gana en lejanía se pierde en precisión. Es sabido que a partir de un momento dado, de un punto critico, los orígenes, las formas originantes de un cuerpo definido, se desdibujan y se desvanecen. ¿Cual es el momento crítico en el regreso hacia los orígenes de nuestro cuerpo histórico y social? Os lo diré: Covadonga.

Ahora bien: Covadonga, mirado de abajo arriba, desde la perspectiva religiosa, nos remite a Nuestra Señora, a la Señora de la Cueva –y a la Cueva de la Señora–, a la cueva dominica, a unas realidades que, en todo caso, hay que situar en épocas muy anteriores a los palacios de Ramiro I (y esto sin necesidad de atender a las voces de quienes nos hablan de no se cual «Cueva de Onga», una Onga virgen y madre anterior incluso a la virgen cristiana). Pero Covadonga, mirado de arriba abajo, desde la perspectiva secular, temporal y terrestre, nos remite a la Batalla de Covadonga, al año 722; una batalla, leyenda o realidad, al margen de la cual ni siquiera conoceríamos hoy a la cueva de la virgen. Año en el cual simbólicamente da comienzo la monarquía asturiana. Una monarquía embrionaria, acaso una simple Jefatura (la de Pelayo), pero que muy pronto comenzó a crecer y a consolidarse como si estuviese, desde el principio, «preñada de futuro»: Alfonso I la extendió por oriente y occidente, abarcando la Galicia y las Bardulias; Alfonso II, con voluntad «imperial», imperialista –Lutos, contra Hixem I; Roncesvalles, contra Carlomagno–, y tomando como modelo lejano el reino de los godos que, a su vez, había tomado como modelo al imperio de Roma, comprendió la necesidad de una nueva Toledo, de una capital soberana, y fundó Oviedo. Desde Toledo traerá el arca de las reliquias, porque es en Oviedo en donde las joyas más preciadas del reino deberán ser custodiadas: una ampolla de cristal con sangre de Cristo, parte de la cruz, de la corona de espinas y del sepulcro, pan de la última Cena, maná del desierto, una vasija de las utilizadas en las bodas de Canaan para el milagro de la conversión del agua en vino, leche de la madre del Señor, la casulla regalada por la Virgen a San Ildefonso de Toledo, huesos de los niños azarías Michael y Ananías, echados al horno, cabellos de los santos inocentes, y otras muchas cosas más. Oviedo, según esto, el Oviedo de Alfonso II, no podría entenderse como el resultado de un simple conglomerado aldeano, como Uvieu, sino como Oviedo, como ciudad con voluntad imperial, imperialista. Porque Oviedo es el punto en el que se cruzan las dos líneas –las dos vías– que, por cortas que entonces fueran, tenían la virtualidad, cuando se las prolongase, de coordenar la Tierra: la línea que va de Oriente a Occidente, el Camino de Santiago, y la línea que va de Norte a Sur.

Los musulmanes no volvieron ya jamás a poner el pie del lado de acá de los montes cantábricos; el nuevo reino está ya definitivamente consolidado. Pero por naturaleza tiene que seguir creciendo. Alfonso II muere tras más de cuarenta años de reinado. No eligió mal a su sucesor, a Ramiro I, que ya estaba en plena madurez –acaso la cincuentena– cuando ciñe la corona. No sin grandes dificultades: usurpadores como Nepociano, rebeldes como Aldroito o piratas normandos, intranquilizan sus días. Ramiro I, vara de la justicia, les saca los ojos a aquellos, les pone freno a estos o los pasa por las armas. Al año siguiente, Ramiro decide traspasar los montes y se apodera de León: abre el camino hacia Castilla. Pero las dificultades que encuentra no comprometen la seguridad de su reino, ya definitivamente asentado. ¿Estuvo en Clavijo asistido por el Apóstol Santiago montado en un caballo blanco? No lo sabemos, ni queremos saberlo ahora. A Ramiro le había llegado el momento de tomar conciencia de la realidad de su reino, de disfrutarlo y de embellecerlo, sin perjuicio de seguir avanzando. ¿Acaso no podía su reino considerarse ya superior al reino enemigo más próximo, al reino musulmán de Córdoba, al reino de Abdar-rahman II? Las noticias que llegaban de ese reino eran admirables. En modo alguno podía considerarse como un reino bárbaro. Ziryab había venido desde Bagdad y había elevado las costumbres a un grado de refinamiento inusitado. Por ejemplo, ya no se comería, en adelante, sin orden ni concierto (o con un orden y concierto primitivos, bárbaros). Ziryab enseñó a comer sobre finos manteles y copas de cristal tallado; además, enseñó a empezar la comida con caldos y sopas, siguiendo con entradas de carnes y pescados, para terminar con platos azucarados –dulces y pasteles de nuez y miel–; puso de moda los vestidos blancos en verano, las telas de colores en primavera y las pellizas guateadas en invierno. ¿Llegarían al Oviedo de Ramiro I las noticias de Córdoba? No es fácil saberlo. Pero sí cabe afirmar que Ramiro I intentó emular, sin salirse de las líneas de su fe, la vida de Córdoba y su cultura. Y, por primera vez, decidió erigir edificios públicos cuyas techumbres no fueran de madera –como las de los musulmanes– sino de piedra. Edificios, además, de recreo, edificios saludables, hermosos, dadores de salud y de tranquilidad. El Silense nos transmite precisamente este designio: «Una vez libre Ramiro de las discordias civiles, para no embotarse con el ocio, construyó muchos edificios a dos miliarias de Oviedo, de piedra corriente y de mármol... También construyó un palacio sin emplear maderas, obra admirable, abovedada en las plantas inferior y superior...»

Ordoño II y, sobre todo Alfonso III el Magno continuaron el proyecto imperial (imperialista) de Alfonso II y de Ramiro I. El reino de Asturias tenía que desbordar sus límites, y reabsorberse en el reino de León (cuyos monarcas fueron todos ellos descendientes de los reyes asturianos y llevaron sus mismos nombres) y, más tarde, tras la batalla de Tamarón, en la Corona de Castilla.

El proyecto original, enmascarado como «Reconquista», sigue en marcha. Y digo «enmascarado» porque después de que el último rey moro, Boabdil, fuera arrojado de Granada, el proceso de expansión «imperialista» de Castilla y Aragón continuará, en su forma más desmesurada, en América. El descubrimiento y la conquista de América por España no son, según esto, un azar. La conquista de América es un punto crítico de un proceso que venía desarrollándose desde siete siglos atrás, desde Covadonga, desde la fundación de Oviedo. Si la conquista de América puede verse como la continuación de la Reconquista, la Reconquista podrá verse también como el ejercicio de un proyecto de conquista, configurado –a la manera como en el embrión se configuran los rasgos más precisos del adulto– en los tiempos de la monarquía asturiana, en el proyecto imperial, imperialista, de los Alfonsos y Ramiros. Y así como el emplazamiento de Oviedo, como capital del Imperio naciente, fue elegido por Alfonso II por motivos estratégicos –por ser el centro en el que se cruzaban caminos que abarcaban virtualmente todo el mundo entorno– así el emplazamiento de Madrid fue elegido por Felipe II como capital del imperio ya maduro por ser el centro geométrico de las rutas atlánticas que pasaban por Lisboa y continuaban por Valencia y de las que venían de Sevilla y a través de Santander subían hacia Europa.

Ahora bien: un proyecto sólo puede medirse por sus resultados, sobre todo cuando el proyecto es tan ambicioso como pueda serlo el proyecto de la traslación del centro del imperio universal: de Roma a Constantinopla, de Constantinopla a Toledo, de Toledo a Oviedo... La verdad y la grandeza objetiva de un proyecto sólo puede juzgarse en función de la grandeza y la verdad de sus resultados, del mismo modo a como la importancia objetiva de un descubrimiento científico (o de una investigación científica) sólo puede medirse por los resultados, porque sólo tras ellos la investigación se justifica. Más aún, por mucho empeño, por mucha voluntad, ilusión y trabajo que un investigador o un grupo de investigadores haya puesto en sus tareas de descubrimiento, todo ello quedará devaluado, y aun quedará en ridículo –como un parto de los montes– si no se consiguen los resultados. A finales del siglo pasado, los astrónomos, provistos de telescopios más potentes, descubrieron canales en Marte; años después se vio que tales canales eran efectos ópticos, «artefactos», que no había tales canales y que, por tanto, el descubrimiento de años atrás no era tal descubrimiento y sus pretensiones habían sido puestas en ridículo.

Mucho más ridículo hubiera sido el «proyecto imperial» de Alfonso II, el de Ramiro I, o el de Alfonso VII –proclamado ya explícitamente emperador, en las Cortes de León de 1135– si hubiera permanecido en los límites mismos en los cuales comenzó a germinar. Es este un principio que parece muy obvio y sencillo cuando se lo toma en abstracto, pero del que no parecen darse por enterados quienes creen poder seguir exaltando la gloria de los orígenes de la monarquía asturiana y de Asturias misma recluyéndola en sus fronteras, y no queriendo saber nada, o muy poco, de su evolución posterior (a la que considerarán incluso como una alienación, o como una sumisión). Sin embargo, sólo en la medida en que los proyectos imperialistas de los reyes de Asturias fueran cumpliéndose al cabo de los siglos y a través, precisamente, de España, y por medio, por tanto, de la lengua española, podrá decirse que estos proyectos tienen importancia histórico universal y dejan de ser ridículos. Desvinculada de España la historia de Asturias sería la historia de una megalómana y ridícula ambición, carente por sí misma de importancia histórica. El Uvieu familiar sólo es importante en la medida en que está incorporado y subsumido en Oviedo, y aun resulta de éste como un subproducto. Porque el impulso del reino asturiano que vemos ya cristalizado en el palacio de Ramiro I adquirió su grandeza histórica en su mismo desarrollo. A él debemos lo que hoy somos, poco o mucho, como españoles, en el mundo, y no sólo en Europa; de otro modo hoy seríamos un minúsculo país, muy digno sin duda, pero hablando una lengua exótica y secundaria –en realidad tendríamos que hablar el inglés para comunicarnos–, una especie de Albania, Andorra o Letonia. Nuestra lengua es universal porque fue la lengua de un imperio, como el latín de Roma o como el inglés del imperio británico. Si el español se habla hoy en el mundo y si en el siglo próximo será la segunda lengua del planeta (después del chino) esto se lo debemos a haber sido la «lengua del imperio».

Gracias a esa comunidad de lengua –y de cultura– que el imperio español, heredero del reino asturiano, pudo establecer en América fue posible el constante flujo y reflujo de los españoles hacia el Poniente, y, en particular, el flujo y el reflujo de los asturianos. Este flujo y reflujo tuvo muchas alternativas, tuvo sus más y sus menos; tuvo y tiene momentos brillantes y momentos oscuros. Circunscribiéndonos a lo que aquí nos concierne: durante el pasado siglo aumentó masivamente el flujo de Asturias hacia América, hacia Méjico, hacía Cuba. Las colonias asturianas en América encontraron allí su segunda patria, pero nunca se olvidaron de España ni de Asturias. Hace poco más de un siglo, en 1886, y en fecha tan simbólica como pudo serlo un 2 de Mayo, un grupo de asturianos residentes en Cuba, mejor aún, un grupo de cubanos, entonces españoles, decidieron crear un gran centro social, asistencial, al que le impusieron un nombre simbólico y significativo de los días que hoy celebramos: «La Quinta Covadonga.» Creció como un centro ejemplar, consagrado a restaurar la salud de tantos y tantos enfermos que, sin él, estaban condenados al desamparo, a la soledad y a la muerte. No fue acaso un centro de salud espiritual, un centro religioso; fue, en principio, un centro de salvación física, a la manera como el palacio de Ramiro I en el Naranco no fue fundado como centro soteriológico, como iglesia (que esto vino después), sino como centro para el recreo, por tanto, destinado a la salud del cuerpo, de los cuerpos de los cortesanos y del rey mismo.

Pero el imperio español, como tal imperio, y como todos los imperios, estaba llamado a desaparecer. América se emancipó y Cuba la última, aún no hace un siglo, en 1898. Era preciso, sin necesidad de desmantelar lo que allí había, iniciar el curso de retorno, la vuelta a España, a Asturias, cuando fuera preciso. En 1928 el Centro Asturiano de La Habana decide proyectarse sobre España, sobre Asturias, y elige, desde el principio, un lugar muy cercano al palacio de Ramiro I, el lugar en el que ahora nos encontramos. Cuando, después de muchos episodios, que vosotros conocéis mejor que yo –la Guerra Civil y la destrucción casi total de los pabellones, la incautación de la Quinta Covadonga y otros locales del Centro de La Habana por parte del gobierno cubano– se decidió la refundación del centro, ya autónomo, y la transformación de sus objetivos, sin necesidad de salirse de sus líneas iniciales, aquellas que están tuteladas por los «dioses de la tercera función», por los dioses de la salud, del bienestar, del recreo y de la cultura de los hombres en tanto que son sujetos corpóreos, podríamos decir que el círculo del proceso, que había comenzado con el palacio de recreo y el belvedere de Ramiro I, se cerraba con los palacios del Centro Asturiano contiguos a él. Sólo que ahora el cultivo del alma y del cuerpo ya no quedarían reservados a un pequeñísimo grupo de privilegiados –el rey y sus cortesanos– sino que se extendería a miles y miles de ciudadanos –que, sin embargo, siguen siendo ciudadanos privilegiados–, los que disfrutáis de esta atalaya, para llegar a la cual tenéis que pasar todos los días por delante del palacio de Ramiro I.

Mi deseo, en estos días de Covadonga del año 1993 es que podáis seguir haciéndolo durante muchos años y durante los años de los años.

Oviedo, 1º de septiembre de 1993
Gustavo Bueno

 


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