La belle epoque que permitía formular paladinas declaraciones sobre la infalibilidad, neutralidad y autonomía de las ciencias positivas parece haber llegado definitivamente a su punto, de no-retorno. Después de la Segunda Guerra Mundial, sobre todo, los jinetes de la burocratización, la industrialización y la militarización han asolado las más ingenuas creencias positivistas y una teoría de la ciencia consecuente no puede ignorar ya el problema de las determinaciones y deformaciones socio-históricas, a las que el proceso de investigación y constitución científica se halla sometido. En el seno mismo de la comunidad científica han aparecido inequívocos signos de inquietud ante la manipulación ideológica de la ciencia, desde el movimiento Pugwash, patrocinado por Cyrus Eaton, hasta el Survivre ecologista francés de Chevalley y Grothendieck, desde las campañas antigubernamentales del biólogo norteamericano Barry Commoner hasta la decisión de la Sociedad Japonesa de Física de excluir de sus reuniones a los científicos que trabajan en objetivos militares.
Facsímil del original impreso de este artículo en formato pdf
Fundación Gustavo Bueno